El Centro opina

¿Se puede descolonizar la Iglesia?

Octubre 30

Descolonizar: cambiar de mentalidad para transformar la percepción del fenómeno religioso

Por: Olga Lucía Álvarez Benjumea ARCWP,

Presbítera de la Asociación de Presbíteras Católicas Romanas

 

La vida de la Iglesia se mueve en el campo de la liberación, en la lucha por acoger, animar y acompañar a quienes se ven vulnerables y necesitados, por esta razón, cuando nos acercamos al documento de Medellín, al significado de aquella segunda conferencia general del Episcopado Latinoamericano, realizado en Medellín entre el 26 de agosto y el 6 de septiembre de 1968, tomando las palabras del documento conclusivo, descubrimos a una Iglesia que “centra su atención en el hombre de este continente, que vive en un momento decisivo de su proceso histórico. De este modo ella no se ha desviado, sino que se ha vuelto hacia el hombre, consciente de que para conocer a Dios es necesario conocer al hombre (introducción 1).

Este acercamiento genera dentro de la comunidad cristiana y religiosa un serio discernimiento de aquello que en palabras del fraile dominico teólogo Yves Congar sería ir al fondo de la sociedad, ir al momento histórico y adentrarse en ‘en los signos de los tiempos’, es decir, reconocer aquello que mueve al hombre, identificar sus principales dificultades y angustias y a la luz del Evangelio tomar partido, de modo que se pueda generar una presencia viva que de esperanza y luz para el camino.

Esto suena muy simple y sencillo, desde lo teórico, pero cuando se realiza un acercamiento a las fuentes fenómeno religioso dentro del continente, se descubre que en el siglo pasado (S. XX) cuando se iba al campo, al trabajo pastoral y misionero, no era raro, que los campesinos, indígenas y afrodescendientes hablaban usando el termino: “a mí, me acristianaron, “a nosotros, nos acristianaron”, que, en nuestro lenguaje, hace referencia a la celebración del sacramento del Bautismo. Esta expresión sigue siendo muy fuerte y compleja, pues cuando se piensa, en lo que era, fue y sigue siendo ese:” acristianar”, descubrir el problema de la fe y de la religión.

Si bien es cierto están ligadas entre sí, la fe y la religión se han convertido en un fenómeno que alberga dos formas de acercarse a Dios, la primera se vincula de manera estricta al compromiso que el cristiano asume al acercarse a Dios, el compromiso que lo lleva a la ruptura con los paradigmas sociales y humanos y que le permite hacer vida las palabras de Jesús, mientras que la religión exige el cumplimiento expreso y fiel de las normas que se establecen como realidades salvíficas. Para explicar un poco más el sentido de lo que esto significa, se puede recurrir a dos hermosos ejemplos el primero relacionado con la fe y el segundo ligado al papel de la religión y su poca credibilidad dentro de un mundo que está cansado de superficialidades e imágenes inapropiadas de Dios y de su proyecto. Esto nos lleva a reflexionar desapasionadamente sobre lo que en entendemos por: cristiandad y cristianismo.

En relación con lo anterior, una religiosa Benedictina narra la historia de una humilde mujer que va camino al río a lavar sus vestimentas, allí se encuentra con un pequeño escorpión, y se sabe que mientras más pequeño es el animal, más poderoso es su veneno. Esta humilde mujer al ver que el pequeño monstruo se está hundiendo en el agua, de manera frenética se acerca para salvarlo de una muerte inminente, sin embargo, el animal feroz, como una forma de defensa le da una punzada en la mano, ella sin temor una y otra vez se acerca para salvarlo, a lo que el animal, responde picando una y otra vez. ¡Cuenta la historia que un hombre al ver la gesta de la mujer y en medio de risas le grita!  mujer, por más que trates de salvarlo siempre te va a picar! La mujer con la seriedad de quien sabe que su labor no es absurda le responde, “yo sé que su naturaleza es picarme, pero la mía es salvarlo”, esto nos acerca a un concepto de misión de entrega, donación y preocupación por aquel que se encuentra desvalido, angustiado y derrumbado, realidad que no solo en 1968 tocaba a la comunidad cristiana latinoamericana, sino que lo sigue haciendo y que necesita de un cristianismo vivo y real.

El segundo ejemplo nos lo trae el libro introducción al cristianismo del cardenal Joseph Ratzinger, quien afirma que la Teología ha perdido su fuerza, que la vida del cristiano se ha convertido en una falacia capaz de engañar al hombre y sumergirlo en un mundo de dolor, angustia y desolación, en la obligatoriedad de una creencia sin fe. La historia se ubica en un pequeño pueblo donde estaba cumpliendo su función un circo, uno de esos días el circo empezó a incendiarse, el director en medio de terror por el acontecimiento pide al payaso, quien se encontraba listo para la función que pida ayuda en el pueblo. Este personaje sale de su aposento y llega a la plaza central, allí empieza a gritar con fuerza, rápido, se quema, ¡el circo se quema! Los transeúntes y vecinos miran desolados, hasta que uno de ellos en medio de risas afirma: “Que buena estrategia, que buena forma de llamarnos a la su función “, pero por más que este pedía auxilio nadie lo escucho, y por desgracia no solo se quemó el circo, sino que las llamas llegaron hasta el pueblo y acabaron con él. Un duro cuento, pero real, nadie de aquellos que se llaman cristianos y cumplen los preceptos y los ritos hacen de su conocimiento de la religión, un conocimiento de procedimientos y normas que alejan al creyente de la verdad evangélica y salvífica.

Desde lo anterior, Medellín 68 se convierte en el paso de la religión, a la fe, en la auto-consciencia, de la misión de la Iglesia en plena fidelidad con el rumbo trazado por el Concilio Vaticano II, así la Iglesia fiel a su vocación de servir y comulgar preferencialmente con los pobres, lo que da una nueva consciencia y modo de vivir, destacándose como un Kairos, una nueva comprensión de fe, y asumiendo su tarea desde los pobres para su liberación. 

APORTES DE MEDELLÍN 68 PARA LA IGLESIA DE AMÉRICA LATINA Y SU INFLUENCIA:

En los documentos el contenido está presentado con un estilo directo y sencillo, claro y profético. Se pueden destacar los siguientes rasgos que subyacen y caracterizan el espíritu de todos los documentos:

Una ubicación en el contexto histórico del Continente.

La situación de miseria y marginación que caracteriza al Continente, producto de la injusticia y de la explotación, comprometen seriamente la paz del Continente por “una injusta situación promotora de tensiones”.

En estas situaciones la Iglesia no puede permanecer indiferente.

Por lo cual denuncia “el sistema capitalista y la tentación del sistema marxista” porque ambos sistemas atentan contra la dignidad de la persona humana.

También se denuncia una Educación opresora que está orientada al “mantenimiento de las estructuras sociales e imperantes para que a su transformación”.

La Iglesia se compromete a la defensa de los derechos de los pobres del Continente.

La Iglesia siente la necesidad de ser solidaria con los pobres del Continente, esa defensa y solidaridad con el pobre exige fomentar el papel protagónico del oprimido en búsqueda de su liberación.

De todas maneras, es también preciso en la transformación social respetar lo positivo de los valores autóctonos y saber discernir con respecto a la religiosidad popular. La liberación debe respetar “las características propias en lo cultural, sociopolítico y económico”.

Esta auto comprensión de la misión de la Iglesia no confunde el progreso temporal y el Reino de Cristo, sino que supera toda dicotomía o dualismo en el cristianismo.

Se subraya la dimensión comunitaria de la fe y de la dimensión eclesial, por tanto, se insiste en la importancia de la Comunidades Eclesiales de Base, como también en el papel del laico en la misión de la Iglesia.

El énfasis principal en las Conclusiones de Medellín se hace notar por dos temas como ejes principales para la Evangelización: el de los pobres y el de la liberación. La Iglesia latinoamericana se llama así misma “la iglesia de los pobres”.  Así lo expresó el Papa Juan XXIII cuando dejó dicho: “Ante los países subdesarrollados, la Iglesia se presenta como es y quiere ser: la Iglesia de todos y particularmente la Iglesia de los pobres”.

No cabe duda de que el gran aporte de Medellín ha sido rescatar la relevancia del Evangelio en la situación del Continente, junto con asumir la realidad oprimida del Continente a la luz del compromiso evangélico. Fidelidad a la identidad cristiana y relevancia histórica del cristiano suponen una visión unitaria de la historia de salvación.

En Medellín 68 ha quedado el espacio abierto con muchas entradas, para llegar a todos/as. Si esto no fue claro en el Concilio para América Latina, debido al peso de la Iglesia europea, era la oportunidad para la Iglesia latinoamericana reafirmada en su identidad y adquirido su mayoría de edad, consolidar su aporte encarnada en un pueblo que como hijos e hijas de Dios anhelan su dignidad fijada en la esperanza y en los anhelos de liberación. Ha sido, es y sigue siendo la Lectura Popular de la Biblia, la base para tomar consciencia y adquirir las herramientas de una liberación, desde el mundo cristiano. Hubo aportes antropológicos, filosóficos, históricos, y sociales de la realidad, que fueron dando forma a la consolidación de la hoy conocida “Teología de la Liberación” abordada y presentada tanto por Gustavo Gutiérrez como Rubén Alves. El primero católico y el segundo presbiteriano.

Es a partir de Medellín 68 que se generan, promueven y difunden las Comunidades Eclesiales de Base, llamadas también “Iglesias locales” formadas por miembros de sectores deprimidos, marginados, incluso rurales, donde no alcanza a llegar la estructura eclesial tradicional.

  1. La identidad de nuestra Iglesia a nivel del continente latinoamericano:

Quisiera referirme al aporte que dichas conclusiones han tenido en nuestra Iglesia Latinoamericana. Al leer y reflexionar sobre el legado de los documentos de Medellín, bien podemos descubrir a través de ellos el grito de la mayoría (por supuesto, no todos) de nuestros obispos y pastores, ya que se iban haciendo conscientes de que algo está fallando en la evangelización de nuestros pueblos. Podemos dar cuenta y razón de ello, a través del discurso de apertura que uno de nuestros más preciados obispos colombianos; Mons. Gerardo Valencia Cano pronunció en la apertura del I Encuentro Continental de Misiones en América Latina, realizado en abril de l968 pocos meses antes del acontecimiento de Medellín, en los siguientes términos:

“Desde mis primeros contactos con las culturas indígenas del Vaupés tuve la inquietud de que los misioneros nos veíamos forzados muchas veces a intuir o improvisar nuestra acción pastoral, por falta de un mayor conocimiento antropológico. He tenido la impresión de que nuestra labor pastoral fracasa muchas veces por falta de planeamiento adecuado. Continuamente he añorado el día en que pudiéramos afrontar unidos un estudio y reflexión a fondo de nuestra común problemática particular. Hoy puede ser el comienzo de ese nuevo día, día en que pudiéramos afrontar unidos un estudio y reflexión a fondo de nuestra común problemática particular. Hoy puede ser el comienzo de ese nuevo día”.

  1. Reconocimiento del ser humano, como sujeto y no como objeto, comprometidos en la promoción del ser humano y de los pueblos hacia los valores de justicia, paz, educación y familia:

Era urgente hablar con conciencia de Iglesia Latinoamericana, sin tener que perder nuestra identidad, cultura y costumbres. Era necesario que se le reconociera a nuestra Iglesia su mayoría de edad, dándole apoyo y reconocimiento de su plena autonomía, sin rompimiento de la catolicidad. De ahí la importancia de señalar el papel del CELAM como órgano visible de nuestra Iglesia Latinoamericana, primero que todo, y el poder expresar y reconocer que, si antes la Iglesia era en América Latina, la reproducción de lengua y ritos de la Iglesia europea, era la hora que como Iglesia Latinoamericana nos pudiéramos manifestar según nuestra cosmovisión, ritos y cultura, inculturar el mensaje de Cristo Jesús, en nuestro medio, sin perder la identidad católica. Era y es la hora de poder contar con una teología propia que tuviera sus bases en la realidad social, de nuestros pueblos, en donde el ser humano fuera el sujeto y no el objeto. Aquí no podemos desconocer el apoyo de la Santa Sede, a través del Papa Pablo VI.

Cuando irrumpe Medellín 68 en nuestro Continente no se podía estar ajeno al movimiento social que se vivía. Lo que hace que la Iglesia asuma su labor social, y profética de una Iglesia de pobres para con los pobres, en el compromiso transformador y liberador, como se le denominó: "La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio”.

El que en Medellín 68 se nos refiera sobre el cambio a partir de la Iglesia, esto no quiere decir que pierda, desconozca y carezca del principio de la Evangelización.

Si bien es cierto, no hemos podido avanzar, como se hubiera querido, ya que aún no se ha roto el paradigma del clericalismo, la sacramentalización, y las devociones foráneas, que hace de nuestro pueblo el vivir una religión de la magia y del miedo. Nos falta mucho para ejercer nuestra mayoría de edad dentro de la Iglesia, de una manera autónoma, debidamente constituida lejos de las influencias romanas. (puede sonar duro a los oídos...) Reconocemos los esfuerzos, luchas y sufrimiento hasta hora trazados y remarcados por el Papa Francisco, pero qué lejos andamos todavía, de una Iglesia inclusiva, que acepte los nuevos pobres, como a los inmigrantes, desplazados, la Comunidad del LGTBI, los sacerdotes casados, las mujeres y mujeres presbíteras.

Depende de nosotros/as el aprovechar el que Medellín 1968 sea retomado “aquí y ahora” y con mayor razón, ante la tormenta huracanada, desatada en estos momentos a causa de la barbarie de la pedofilia por algunos miembros del clero de la Iglesia. Situación que, si bien se veía venir, podía aparecer en cualquier momento, ésta nos ha cogido a todos desprevenidos, no sin golpear y afectar a la Iglesia universal, desmoralizando a más de uno. Como Iglesia Pueblo de Dios latinoamericano, esperamos que, a pesar de este grave problema, no se convierta en un sofisma de distracción y se pase por alto los valores de justicia, paz, educación y familia, enunciados en Medellín 68.

En las Conclusiones de Medellín 68 percibimos y sentimos el Espíritu de una Iglesia dinámica que no está al margen de sus miembros sino “dentro” con ellos/as, en igual de condiciones, en equidad de justicia, inclusiva, sin verticalidad aplastante y deprimente. En actitud de un cambio transformador en el que descubre, a través del método: “ver, juzgar y actuar”, iluminada por la Palabra y la fe, al ser humano como “lugar teológico”. Así lo encontramos reseñado por los obispos en la Introducción de las “Conclusiones” donde dicen:

"No podemos dejar de interpretar este gigantesco esfuerzo por una rápida transformación y desarrollo como un evidente signo del Espíritu que conduce la historia de los hombres y de los pueblos hacia su vocación. No podemos dejar de descubrir en esta voluntad las huellas de la imagen de Dios en el hombre… (…) No podemos, en efecto, dejar de presentir la presencia de Dios, que quiere salvar al hombre entero, alma y cuerpo. (…) Así como el primer Pueblo experimentaba la presencia salvífica de Dios cuando lo liberaba de la opresión de Egipto, así también nosotros, nuevo Pueblo de Dios, no podemos dejar de sentir su paso que salva, cuando se da 'el verdadero desarrollo'…" (n. 4, 5 y 6).

Muchas gracias.

 

 

 

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