El Centro opina

No nacimos para morir: Gustavo Baena

Septiembre 27

Todo ser humano experimenta por sí mismo la aspiración a una supervivencia después de la muerte física.

Este hecho es un indicio innegable de algo que es inherente a nuestra naturaleza humana. Esta aspiración no es el producto ni de la especulación ni de ninguna elaboración cultural, sino la manifestación de algo ya dado y como tal se deja experimentar.

La verdad fundamental de nuestra fe no consiste simplemente en un enunciado doctrinal sobre la resurrección de los muertos.

Lo que confiesa y anuncia el cristianismo es un acontecimiento que sucedió en nuestra historia: Dios resucitó a Jesús de Nazaret de entre los muertos y vive para no morir más. Pero este proceder de Dios con Jesús no es un caso aislado y exclusivo en el mundo, ni fuera de serie, es más bien el tipo de toda la serie humana.

Todos estamos llamados a no morir nunca.

A pesar de que este lenguaje es recurrente como contenido de nuestra fe, sin embargo, no nos hemos detenido lo suficiente a considerar la magnitud de este proceder de Dios. ¿Cómo es posible que el Creador pueda hacer que, no solo Jesús, sino todos los seres humanos puedan saltar las barreras del límite y de la muerte?

Tal posibilidad implica necesariamente la manera como Dios de hecho está creando los seres humanos: sucede personalmente en ellos, está ya dado en el fondo de ellos mismos.

Por eso lo que Dios pretende al crear de este modo es hacer unidad con ellos. Al mismo tiempo que los crea se está apropiando de eso que crea haciéndolo suyo, esto es, asumiendo en sí mismo la temporalidad y la muerte.

Por eso, al morir el hombre, Dios permanece siempre unido él y lo libera de la temporalidad y de los límites de la espacialidad.

Pocas veces nos hemos preguntado: ¿Qué hacen o en qué se ocupan los seres humanos después de la muerte ya en su identidad de vida con Dios mismo, pero sin perder su propia individualidad?

La muerte física es más bien una liberación de la espaciotemporalidad y en esta situación puede cooperar con Dios y con más eficacia en lo que Él mismo se ocupa: la creación y conducción del mundo hasta su destino final, como lo está haciendo Cristo resucitado.

La aspiración que sentimos a una supervivencia después de la muerte es una real experiencia de la relación inmediata de Dios con nosotros, que nos ofrece gratuitamente la posibilidad de una vida sin límites.

Por eso la seguridad de nuestra esperanza no está puesta en una ilusión del futuro sino en el poder de Dios que actúa ahora y nos fortalece para alcanzar lo que no vemos ni podemos anticipar con nuestra racionalidad. ¿Nuestra existencia no tendría más sentido con la esperanza de sobrevivir que con la resignación a morir para siempre?

Esta es la reflexión que hacemos en el Centro de Fe y Culturas, la de la vida que vence la muerte definitiva, es una dimensión que esclarece la dignidad del hombre en el mundo.

Artículo originalmente publicado en el Colombiano/ 23 de noviembre del 2011

*Miembro del Centro de Fe y Culturas.

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