El Centro opina

"El legado de Beatriz Restrepo": palabras de cierre

Noviembre 01

Por Olga Lucía Ramírez, miembro del Centro de Fe y Culturas.

Para esta región y este país es un vacío enorme no seguir contando con Beatriz, con su inteligencia, lucidez y, sobre todo, su sabiduría. Su ausencia será real si el legado que nos deja no se convierte en referente para la acción, personal y societal. 

Cada quien ha ido haciendo su propia síntesis de los ricos aportes escuchados esta tarde, alrededor de las lecciones que nos dio Beatriz, y con esas síntesis parciales iremos dando cuerpo a ese legado, al testamento intelectual y vital que nos dejó.

En esta parte final de nuestro encuentro quiero mencionar algunas ideas muy propias del pensamiento de Beatriz que a mí me tocan especialmente:  

Es bueno destacar inicialmente la definición íntima que, de Beatriz, hace Angelita, su hija menor: “mi mamá fue una mamá siempre presente”, logro nada despreciable en una madre llena de responsabilidades públicas. Y la principal lección de vida que le legó: estar siempre abierta a los otros.  

Como un desafío de fondo, Gonzalo Murillo recordó que Beatriz nos alertó sobre los déficit gigantes que tenemos como sociedad: “No tenemos idea del ser humano que queremos educar, ni de la nación que queremos construir”.  Y nos recordaba que los grandes problemas de la humanidad son morales: la depredación de los recursos, la pobreza creciente, la violencia. Por eso consideraba que era trascendental identificar claramente qué ser humano necesitamos formar para afrontar semejantes problemas.  

Gabriel Jaime Arango presentó a Beatriz como una maestra en todo lo que hizo: en los cargos administrativos que asumió, en las juntas directivas de empresas que acompañó, y fue maestra en cada conversación. No pudo vivir ni un segundo de su vida sin enseñar, era siempre una facilitadora del aprendizaje de otros.  

A propósito de sus convicciones alrededor de la educación, destacó: la educación ha de ser entendida como formación; más aún, como autoformación integral tanto individual como social, para la vida. Y  respecto de los maestros, ellos ya no son transmisores de conocimiento, su tarea es acompañar a los estudiantes a descubrir el tesoro que hay en ellos. 

Ella hacía un diagnóstico sombrío sobre los vacíos de la educación en Colombia: 

-El olvido de la inteligencia social y el reto de armonizar los intereses particulares para buscar los fines como sociedad.

-El descuido del carácter político de la educación, dado que ésta debe procurar la formación de seres humanos para una sociedad incluyente. 

-El hecho de no potenciar en cada ser humano el reconocimiento de la pluralidad, la diversidad y la diferencia, y la responsabilidad frente al otro.  

Ella estableció conectores entre educación y desarrollo: como Secretaria de Educación conoció los grandes desequilibrios territoriales del departamento y entendió que LA EDUCACIÓN ES LA ESTRATEGIA MÁS IMPORTANTE PARA EL DESARROLLO, pero no es suficiente para lograr grandes cambios. 

Aportó su liderazgo al proyecto Visión Antioquia siglo XXI, del cual surgiría el Plan Estratégico de Antioquia, PLANEA. Se trazaron el objetivo de generar un proceso estratégico económico y político, además cultural, incluyente y equitativo para toda la población y regiones del departamento. Este proyecto visionario fue languideciendo en manos de diversos gobernantes y sigue siendo una asignación pendiente para llegar a ser una región incluyente y equitativa. 

Pedro Juan González planteaba que Beatriz tenía una visión muy integral del desarrollo: éste debería contribuir a que los seres humanos pudieran llevar adelante un proyecto de vida digna. Y le imprimió ética al desarrollo. A propósito, planteaba: no hay desarrollo sin equidad. Y una pre-condición del desarrollo es la satisfacción de las necesidades básicas. Nuestra sociedad estará más cerca de la equidad, por tanto, de la justicia y del desarrollo en la medida en que la dignidad de todos sea reconocida y respetada y “la igualdad y la inclusión sean prácticas reconocidas y aceptadas por la sociedad y el estado”.

La inequidad es el desconocimiento de la igual dignidad de los seres humanos.  Mientras nosotros creamos que hay seres humanos superiores o más dignos que otros, no habrá trato equitativo.  Los conflictos se resuelven cuando superamos los ámbitos de los intereses particulares, cuando nos miramos como seres humanos, cuando nos reconocemos como iguales en nuestra dignidad. 

A ella le preocupaba la indiferencia de la ciudadanía alrededor de la inequidad. “Yo siento que la mayor manifestación de inequidad en esta ciudad es la indiferencia; es la falta de compromiso; es la actitud que tomamos frente a las manifestaciones de inequidad que nos entran por los ojos, por los oídos, todo el día, en diferentes escenarios, y que nosotros hemos aprendido a NO ponerlos en el foco de nuestra conciencia”.  Y frente a esta indiferencia, le marcaba un reto mayor a la educación: formar los seres humanos para consolidar un proyecto de nación centrado en la dignidad de ese ser humano. 

Ética y estética:

Doris Aguirre nos planteó que Beatriz reconoció el arte y la estética como medios para aprehender la realidad, como herramientas de comunicación, como lugares para dialogar. Como campos privilegiados para la expansión del espíritu. Decía que el arte hace una interpelación profunda al alma. Comprendía la esfera de la estética en relación con la ética y la política, sin perder su sentido propio. 

Noción del ser humano: 

Como decían Santiago y María Eugenia, Beatriz nunca escondió su postura creyente. Les comparto un ejemplo: a propósito de los diálogos de la Habana en 2015, ella planteaba: “como cristianos, pareciera que el mensaje evangélico nos condujera hacia una opción a favor del proceso de paz, de acuerdo al mensaje de Jesús centrado en la justicia y la paz, pero una justicia acompañada de misericordia, en el perdón y la reconciliación, en una vida nueva de fraternidad y solidaridad, que, además, se concreten en comportamientos y acciones que alcancen una significación política”.  

Beatriz no quería brillar. Más bien fue sal y luz de la tierra. El cristianismo representó para ella un Norte moral. Para ella la compasión era un valor central. Tuvo siempre una vivencia de la fe en conflicto, en riesgo, una fe pensante, actuante, crítica de sí misma y de su entorno. Una fe desde el corazón. ¡Ahí experimentó a Dios, así como en la música, en la literatura…Muy pronto comprendió el valor divino de lo humano!

También en torno a los diálogos entre el Gobierno y las FARC ella destacaba el papel de la mujer en este proceso, papel que puede ser muy importante y profundo, puesto que deriva de un talante moral proclive a la compasión y a la solidaridad. 

Y ya para cerrar: 

Beatriz, para usar el lenguaje de Gramsci, fue una intelectual orgánica, ella puso su saber al servicio de una sociedad mejor. Ejerció un liderazgo moral, con una aleccionadora forma de hacerlo. Su nulo interés de figurar contrastaba con la enorme responsabilidad y entrega a las tareas que se proponía. La suavidad y respeto para con cada uno eran tan grandes como la firmeza de sus convicciones y la solidez de sus ideas. 

Interesa subrayar, como lo hacía Rubén Fernández, no solo lo que planteaba Beatriz, sino cómo lo planteaba: ella hablaba en diálogo con la tradición filosófica, de la mano de sus filósofos de cabecera: Aristóteles, Sócrates y Platón, y en diálogo también con lo universal. Y al mismo tiempo con los actores reales, con sus discursos y sus prácticas. Hacía siempre una exposición metódica de su pensamiento, con claridad, sencillez y respeto.  

Ella compartía su sabiduría, su mirada del mundo generosamente, con la intención de construir una ciudad, un país, un planeta más humano, con respeto por el otro, pues, según resaltaba, este es el primer eslabón de una cadena de comportamientos que deben derivar en el reconocimiento de una humanidad común, en la búsqueda del bienestar colectivo. 

De esta manera el CFC, Puentes y Equipos de Profesionales Católicos cerramos este evento y confiamos en que seguiremos profundizando en el pensamiento de Beatriz que, como sociedad, tanto necesitamos para que ella siga viva entre nosotros. Que sigamos construyendo su legado para que cada uno pueda decir, como Angelita: Beatriz está en mí.  

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