El Centro opina

Fe, cultura y transformación cultural

Febrero 27

Por Mauricio Cardona 

*Artículo tomado del libro Abriendo Horizontes 1. Medellín, 2008

Creemos que el hombre contemporáneo, no solamente en América Latina, se encuentra dominado por un modelo de desarrollo que ya no está funcionando más. Hay evidencia en muchos órdenes propios de la sociedad y cultura humanas, acerca de la crisis planetaria que padecemos, la cual puede ser de proporciones apocalípticas como lo evidencia el reciente texto de diálogos entre Carlin, Chomsky, Sheldrake, Chopra, Rusell y otros; y algunos descriptores sociales nos dicen que la prosperidad está muy lejana, y que la seguimos midiendo con indicadores que no consultan la esencia de la naturaleza humana, ni el plan de la creación (¿será sostenible algo así?)

Esta crisis planetaria está siendo estudiada profundamente (obviamente al margen de los centros del poder tradicional que es donde siempre cambian los paradigmas culturales históricos) y contrario a lo que muchos creen, ya se va haciendo evidente que no está lo suficientemente bien diagnosticado, como para identificar claramente los grandes factores causales. A lo sumo este fenómeno está descrito y reconocido, pero si no lo diagnosticamos adecuadamente, recetaremos el remedio equivocado. Ahí hay una tarea importante para nues- tros centros de espiritualidad. Necesitamos entender mejor las causas de esta problemática.

Los grandes paradigmas históricos cambian cuando el paradigma anterior, o el vigente, se agota y la evidencia de sus contradicciones requiere de un paradigma nuevo (Thomas Khun en la Estructura de la Revoluciones Científicas). Y cuando esto sucede, como creemos que está sucediendo ahora, “todos volve- mos a cero”.

Tenemos que reaprender lo que significa ser criaturas, ser hombres, ser personas. Tenemos que reaprender el por qué y el para qué nacemos, vivimos y morimos. Tenemos que reaprender nuestro papel en el plan de la creación. Pero, más que reaprender, lo que tenemos que hacer es recordar, reencordar, volver al cordio (al corazón). Porque nosotros como criaturas de Dios, que nos crea continuamente, portamos su mensaje, el cual en el exceso de racionalis- mo, de separación y división desde el período histórico llamado Renacimiento, olvidamos soberbiamente, al autosuficientarnos, para qué estamos aquí.

Fue el Gran Olvido. Fue la gran desobediencia. El problema que enfrenta una parte sustancial de la humanidad es que olvidó lo que somos y lo que estamos llamados a ser. Necesitamos volver a conocernos a nosotros mismos. A reconocernos. A llegar a saber lo que, como criaturas, somos, tanto como especie y como personas individuales.

Solemos saber de muchas cosas allá afuera del mundo, como los artes y los oficios profesionales, pero de nosotros mismos sabemos muy poco (por no decir que nada). Se nos olvidó el principio y fundamento de la creación y por consiguiente, de nuestra propia existencia.

Confundimos los medios con los fines.
Hemos creado una cultura que se centra en el poder externo y no en el poder auténtico (el poder interno). Hemos valorado, en consecuencia, un tipo de liderazgo que, ahora entendemos, parece ir contra las leyes de la evolución y de la vida. Un antiliderazgo. La nuestra es una crisis del uso del poder. De liderazgo. En el fondo una crisis espiritual, ya que ese es el tema del poder o de nuestra presencia en el mundo. De cómo vivimos nuestra realidad humana. La vida.

Hemos estado viviendo ciegos y a tientas sin recordar el plan del Creador. En desobediencia y soberbia con la misión encomendada al hombre. En un relativismo fanático tan exacerbado como el fundamentalismo ideológico que criticamos.

Como dijimos en “Hacia Un Nuevo Paradigma”, (video de ASCORT en 1995): “¿No será que estamos partiendo de premisas falsas para ver el mundo, la sociedad, al hombre, al trabajo, y por eso no obtenemos las respuestas esperadas?

¿No será que por estar acostumbrados solamente a mirar el cortísimo espacio de tiempo de nuestra vida como horizonte, no percibimos el verdadero proceso y cambio que el universo ha venido dando en su existencia? Queremos salir de una sociedad cuyo énfasis está en la posesión, la territorialidad, el poder y el egoísmo; de una sociedad donde el lugar de cada quién está asignado por el poder económico. En una sociedad así, el trabajo sólo puede entenderse como un castigo, una maldición. Es una sociedad materializada, en la que el hombre trabaja para la máquina. Tenemos que alcanzar una conciencia expandida, donde lo importante sea el interés común; entender que somos parte integrante de la naturaleza, en lugar de dominarla para subsistir. Queremos crear una sociedad donde el trabajo sea una fuente permanente de disfrute, de expresión individual y grupal, donde lo sustancial sea la relación, y su sentido sea el servicio. Estamos pasando lentamente en esta nueva época, a ver el mundo ya no como una serie de eventos independientes entre sí, sino como el conjunto de relaciones entre ellos: es la visión holística. Por eso vivimos hoy una búsqueda desesperada hacia nuevas formas de relación.”

Gracias a Dios la reciente emergente cultura planetaria, aquella que está renaciendo en el margen, está en un proceso de recuperación de la memoria perdida, recordando lo que somos y el mensaje que portamos. Dejando que hable el espíritu, y no tanto el temor del hombre. Porque somos portadores de la acción creadora de Dios, somos información e informamos al mundo y nos estamos volviendo a acordar de eso sin tanto miedo (la disminución del miedo es proporcional a la recordación).

Esta recuperación de la memoria, que no es otra cosa que un kyros divino o una experiencia del mismo Dios en el mundo, la vivió a plenitud Ignacio de Loyola. Nosotros, sus discípulos, creemos en ello y vamos dando testimonio de que así es en la medida de que la recreemos al interior de nosotros mismos.

Sin una experiencia de Dios en nuestras vidas nuestros Centros de Fe y Cultura serán huertos secos. No podemos continuar esta experiencia en que nos hemos comprometido sin hacer los ejercicios espirituales que Ignacio nos enseñó. Entenderemos esta experiencia como iluminación. Como revelación. Y lo que es más comprometedor, la entenderemos no como privilegio de personas (como Ignacio) que decidieron vivir sus vidas a plenitud y en coherencia con lo que significa ser criatura y persona, sino como opciones reales abiertas a todos los creyentes. Como un llamado. Como un fin. Como fatalidad de la gracia.
Así que un relato de la creación viejo, que ya prueba ser no funcional ni eficaz, por las contradicciones y el retraso que produce, manifiestos en la desigualdad, exclusión y la injusticia, está dando lugar a un “nuevo relato” sobre el sentido de la creación ya anunciado hace siglos por las comunidades tradicionales y especialmente por el Encarnado, Jesús, que nos está mostrando, en un mundo que adora el relativismo, cuál es el camino que hará honor en obediencia creativa a la voluntad de Dios y a la plena realización del hombre. Del hijo.

Tomamos consciencia aquí de un punto complejo sobre el cual no hay tiempo de elucubrar más ahora y es la necesidad de recuperar la sabiduría ancestral, y quizás alguno de los conferencistas de esta semana se refiera a este punto. Es la sabiduría perenne. Aquella que nos habrá de salvar y mantener en la ruta de lo realmente divino y de lo realmente posible. No del conocimiento de una determinada época que suele ser sólo instrumental para la supervivencia individual (no para el bien común).

Y al repensar estas breves ideas de los párrafos anteriores nos damos cuenta que hace rato venimos hablando de cultura y transformación cultural.

Conceptos de cultura hay muchos y a partir de la Congregación 34 de la Compañía de Jesús se habla de cultura como “la manera como un grupo de personas, vive, piensa, celebra y comparte la vida. En toda cultura subyace un sistema de valores, de significados y de visiones del mundo que se expresan al exterior en el lenguaje, los gestos, los símbolos, los ritos y estilos de vida”.

Habiendo revisado los cientos de textos que definen lo que es cultura, propongo también, que en el contexto en que nos estamos moviendo, cultura pueda ser entendida como la concepción que tenemos de la creación y del universo en un pueblo determinado. Como nuestra cosmovisión particular, desde los fines últimos hasta los medios más sencillos para la adaptación a la vida. Todo lo demás, de ahí para abajo, suele estar en coherencia con esta idea que tengamos del mundo y de la vida. El palillo que sirve para limpiar los dientes en una determinada sociedad, suele tener un significado mayor que se relaciona, en una determinada coherencia, con su concepción de salud, cuerpo, cocina, alimentación, crianza, comunidad, sanción social, respeto por el otro, etc.

Lo que está en juego entonces, es la crisis del hombre contemporáneo y la solución de sus macrodilemas planetarios, o el tipo de cultura que hemos creado.

El tema de fondo es la cultura. La cultura lo explica todo y la cultura explica esencialmente cómo nos relacionamos con la vida.

Siguiendo a Raimon Panikkar por ejemplo, en su intuición Cosmoteándrica, cultura puede ser descrita también como modo de relación. Modo de relación con Nosotros mismos, con Dios, con el Hombre y con el Cosmos. Es un modelo de plurirelación dinámico, recíproco y simultáneo. En este modelo todos somos agentes creadores de cultura. Asumir, reasumir con responsabilidad, nuestro papel de ser agentes creadores de cultura es uno de los mayores retos que enfrenta el hombre contemporáneo. Es uno de los mayores retos de la postmodernidad y siguiendo a Teilhard de Chardin, es uno de los signos de la transición de la antropogénesis a la cristogénesis en nuestro devenir ineluctable hacia el punto Omega.
Nunca antes en su evolución había estado el hombre, por lo menos en las sociedades llamadas modernas, tan cerca de comprender su papel de agente creador de cultura. Casi pudiera decirse que por primera vez en su historia el hombre tiene la opción consciente de determinar su próximo paso evolutivo.

Hasta ahora parece no estar haciéndolo muy bien, pero desde la fe y desde la teología de la creación, aquella que tendemos a confundir con la teología ecológica, sabemos y creemos que el hombre no es un accidente de la vida y quizás un error de la naturaleza sino que está llamado, como nos lo mostró Jesús y muchos pueblos de la tierra, a testimoniar desde la cultura su posición en la creación y en la voluntad del Padre.

Dependiendo de cómo conciba su papel en la creación, el hombre construirá una cultura para la vida o una cultura para la muerte. Una cultura para la muerte se construye como dijimos, cuando el hombre confunde los medios con los fines. Cuando cree que parecer y tener, es ser. Cuando pone al hombre al servicio irreflexivo de un modelo económico, el capitalista salvaje por ejemplo, y no el modelo económico al servicio de la vida y del hombre. Cuando pone el poder externo por encima del poder interno. Cuando pone el bien particular por encima del bien común.

Necesitamos volver a confiar y recordar y a no tener miedo, si la solución requiere cambios fundamentales en los basamentos económicos de nuestro modelo. Lo que está en juego es mucho más grande que los intereses de unos pocos que tienen mucho, frente a unos muchos que tienen poco. Necesitamos reconocer que ya no es sostenible el viejo presupuesto económico, basado en una mala lectura de Adam Smith, de que los beneficios logrados por las uni- dades individuales de libre empresa se convertirían automáticamente, como guiados por una mano invisible, en beneficios para la sociedad entera.

Necesitamos instituciones y organizaciones estructuradas alrededor del valor de la integridad y armonía con el cosmos, cueste lo que cueste. Si el costo nos parece muy alto en términos de los intereses particulares, recordemos que puede ser mayor el costo social mayoritario, en cuyo caso puede que ni sigamos contando con actores individuales que asuman ningún costo. Si no hay sociedad no hay mercados, ni negocios y no habrá consumidores.

Si no adoptamos las leyes y la sabiduría de la vida y las inculturamos en la economía, por ejemplo, el hombre puede que no alcance su plenitud. Y desde luego no existimos para mantener un sistema económico a ultranza. Quienes sostienen que es que así ha sido siempre y que siempre habrá riqueza y pobreza, parece que no ha entendido nada de la dinámica del creador, ni de la evolución creativa ni de la creación evolutiva. Como ya dijimos sabemos de mucho pero sabemos muy poco de lo que realmente importa.

Se agotó el modelo en donde la cultura simplemente fue concebida como el resultado de fuerzas sociales incontrolables propias de una estructura de medios y modos de producción, y no de un sistema de creencias y valores, tal como por ejemplo Carl Marx llegó a pensarlo.

Estamos en los albores de un nuevo estadio de evolución del hombre en donde se juega la supervivencia, en la creación de una cultura basada en el bien común, y no en el bien individual, si es que queremos ser consecuentes con el plan del creador y con nuestra condición de seres humanos.

Los Centros de Fe y Cultura buscan ser respuesta a esa crisis planetaria del hombre moderno proponiendo una nueva manera de entender el significado cultural de conceptos como Reino y Voluntad de Dios. Necesitamos volver a aprender cómo vivir la vida. Cómo habitar el planeta. Cómo vivir como criaturas. Cómo convivir. Cómo asegurar la sociedad en el marco de la creación. Cómo ser hijos y buenos padres. Cómo ser buenos hermanos.

Necesitamos volver a tener fe. Necesitamos volver a tener coraje. Necesitamos disolver el miedo que hay en nuestros corazones. A estos temas se referirán nuestros compañeros expositores. Para abordarlos y descubrir juntos las respuestas, nos congregamos hoy. Quizás ya las sepamos, pero necesitamos descubrir cómo llegar y permear la cultura que habitamos y cómo inculturar estos temas, que para quienes creemos tener fe, son sencillos.

Los Centros de Fe y Cultura deben ser pues aquellos espacios de discusión, encuentro y diálogo en donde un pensamiento fresco y renovador vaya surgiendo en el seno de la cultura para contribuir a la tarea cocreadora que Dios nos ha encomendado. La cocreación de un mundo y una cultura.

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