El Centro opina

Espiritualidad bíblica y contemplación

Marzo 27

En el capítulo 20,11-18, Juan amplía la aparición a María Magdalena de la que había expulsado veinte demonios, según Marcos 16,9-10; con el fin de sanarla de la angustia por la pérdida de su Señor[1]:

“En un primer momento, los ángeles vestidos de blanco, signo de la resurrección, le dicen:  Mujer, ¿por qué lloras? Ella les respondió: porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto. Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
Jesús le dice: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré. Jesús le dice: María. Ella se vuelve y le dice en hebreo: "Rabbuní" - que quiere decir: "Maestro". Dícele Jesús: No me toques, que todavía no he subido al Padre”

Sólo en este momento se da el encuentro con Jesús, base de la espiritualidad mística. La tradición mística cristiana arranca, en realidad, con Pablo de Tarso y el Evangelio según San Juan; entre otras razones, porque el contenido biográfico es mucho más parco de los que los demás evangelistas conocen. Así pueden ofrecer más contemplación, que doctrina, más misterio pascual, que historia; y lo que es historia se mira desde la pascua. La patria espiritual de ambos y toda la Segunda Alianza (N.T) es la Escritura y su lenguaje viene del mundo simbólico de la Primera Alianza (A.T).

Por este camino de espiritualidad y contemplación Ignacio de Loyola entendió los textos de la Escritura como un gran mensaje que toca la capacidad amorosa y el anhelo del corazón humano. Siglos más tarde el teólogo Karl Rahner advirtió: “El cristiano del futuro será místico o no será ya en absoluto cristiano”. Si los escritos bíblicos son todos de horizonte místico, solo pueden comprenderse desde la espiritualidad bíblica. A Jesús es imposible entenderlo exclusivamente desde la razón humana, pero sí al modo de conocimiento místico, del encuentro, objetivo último y fundante de todo cuanto comprende la Semana Santa. No bastan las necesarias y cuidadosas preparaciones externas de estos días sin darnos por enterados de la acción del Espíritu de Jesús muerto y resucitado, el Espíritu Santo, quien nos transforma interiormente, nos convierte del “egoísmo”, al servicio, para hacer “prójimos” a los demás, como en la parábola del buen samaritano (Lucas 10, 25-37). “A los prójimos les queda la responsabilidad de mantener viva la compasión o misericordia.” A la pregunta de Jesús “¿quién de los tres se comportó como prójimo?”, ¿el sacerdote, el levita o el samaritano? “El jurista contestó: el que lo trató con entrañas de misericordia, (compasión)”. “Y Jesús, nos indicó: vete y haz tú lo mismo” (Lucas 10,25-37).  El samaritano de Pablo, fuente del anterior relato fue el crucificado resucitado: “me amó y se entregó por mí”.

La Semana Santa no es para saber lo que le ocurrió a Jesús, sino para vincularnos al misterio pascual, no importa que sea como Pedro pasando de la negación a la identidad. Ésta es santa por pertenecerle al crucificado resucitado quien quiere, por el don de su Espíritu, hacernos santos. Si la espiritualidad, que parte de la Semana Santa, se origina por la contemplación del crucificado quien amó, no solo a Pablo, sino que “me ama y se entrega por mí”, no puede dejarme inerme en el sufrimiento de los demás.                                                                                                                                                                                                                          

Las ceremonias pueden ser muy bellas, pero sin tocar interiormente a los fieles. La fe en Semana Santa requiere percibir “en un encuentro personal y corporal, que toma tiempo con el crucificado-resucitado”, pero cada año le hemos superpuesto a la fe, la religión, dejando lo externo de la Semana Santa sin corazón renovado.

¿Y qué decir de tantos sufrimientos propios y anexos, por pasiva o por activa? Georges Bernanòs creía que el sufrimiento era creatura de Dios rescatada por Jesús en la noche del Viernes Santo. El miedo intercede por nosotros porque todo es gracia. 

Por: Padre Emilio Betancur Múnera

Miembro del Centro de Fe y Culturas

 

 


[1] Los demonios de María Magdalena los describe Pedro Miguel Lame en 23 imaginarios papiros, cartas de María Magdalena a Jesús, en la novela literaria “no sé cómo amarte” 2017.

 

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