El Centro opina

Dignidad humana

Enero 23

Por Francisco de Roux 

*Artículo tomado del libro Abriendo Horizontes 1. Medellín, 2008

Ante todo quiero expresar mi agradecimiento al Padre Horacio Arango A. S.J., y a todos los miembros del Centro de Fe y Culturas de Medellín, por la oportuni- dad de participar en estos desayunos de creyentes que queremos vivir nuestra fe en las identidades culturales.

Les recuerdo no soy un filósofo sino un activista. Voy a compartir ideas sobre la dignidad, pensadas en medio de los caminos polvorientos y las horas de na- vegación en el río Magdalena Medio, muy lejos de los espacios donde se cultiva el rigor del pensamiento académico. Con el aporte de todos, porque aquí hay personas muy serias en la reflexión académica, podremos al final, enriquecer ésta reflexión motivada por la crisis humanitaria tan profunda en la que nos encontramos en Colombia y que nos ha llevado a marchar en solidaridad con los secuestrados y con todas las víctimas de la violencia en las marchas del 4 de febrero y del 6 de marzo de este año 2008.

¿Qué es Dignidad?

La dignidad es el valor absoluto (vamos a volver luego sobre esta última palabra) de toda persona, de todo ser, que simultáneamente tiene la capacidad de entender y llegar desinteresadamente a afirmar la verdad; tiene la capacidad de alcanzar la libertad en sus decisiones y de obrar responsablemente; y tiene la capacidad de amar y ser amado. Tal es el valor del ser que, a partir de la expe- riencia sensible y subjetiva puede llegar a ir más allá de sí mismo hasta afirmar objetivamente la verdad; el valor del ser que puede, por ejemplo, llegar a afir- mar que Emmanuel, el niño nacido en el secuestro y separado violentamente de su mamá, es verdaderamente el hijo de Clara Rojas, porque puede sopesar la evidencia y probar que esto es así independientemente de las personas que lo afirman. Y puede llegar a tomar decisiones libres, aunque muchas veces no lo consiga y muchas veces se equivoque; y puede llegar en el amor a la hondura ilimitada de la comunicación entre las personas que se confían totalmente en la amistad, en la relación de pareja, en la familia, o en la solidaridad, la compasión y el perdón.

 

El valor absoluto

Decimos que algo es absoluto porque no depende de nada y porque siempre que se presenta se presenta plenamente. Valor absoluto de la dignidad significa que su importancia no se debe a otros seres u organizaciones. La dignidad no la recibimos del Estado, ni de las instituciones, ni de la sociedad, ni de las iglesias, ni de la familia. En cualquier persona, puede ser una niña o un joven o un adul- to, está la dignidad humana en su totalidad. Valor absoluto significa también que está plenamente y no puede acrecentarse ni disminuirse. Un individuo no aumenta su dignidad porque llega a ser doctor de la universidad de Antioquia, o general del ejército, o presidente; ni por que acumula muchas riquezas, ni por pertenecer a una familia real. No. Nada de eso acrecienta la dignidad porque la dignidad no puede aumentarse. Tampoco alguien gana dignidad porque llega a ser sacerdote, Obispo o Papa; si eso le ocurre a alguien, lo que adquiere es la obligación exigente de ponerse al servicio de la dignidad de los demás de una manera especial porque es elegido como “servus servorum Dei”, siervo de los siervos de Dios.

Por ser absoluta la dignidad tampoco puede disminuirse. Un hombre no se hace menos digno por sus crímenes, ni es menos digna que una mujer púdica una prostituta. Tampoco una persona con sida tiene recortada la dignidad. Por eso en el derecho criminal se exige el debido proceso a los sindicados. Y en las paredes de la cárcel de Barrancabermeja hay un graffiti escrito por un preso, que dice: “mi dignidad humana y la suya son inviolables”.

La capacidad de reconocer este valor absoluto en las situaciones límites, donde en el ser humano desaparece toda manifestación de grandeza, pone en evidencia a las personas que han comprendido el significado de la dignidad. Es fácil ver el valor en una cantante bella, o en un líder carismático, o en un presidente rodeado de apoyo político; pero admirar la dignidad en una anciana sucia que pide limosna en la calle, o en un niño con el síndrome de Down, o en un drogadicto, y tratarlos igual que a los demás, es una muestra del reino de Dios sobre la tierra, “porque estaba desnudo y me vistieron, y era desplazado y me recibieron”.

Bernard Lonergan, el filósofo y teólogo jesuita que escribió INSIGHT, diría que con la dignidad de una persona estamos en la presencia de un virtualmente incondicionado, o de un virtualmente absoluto; es decir de un condicionado que ha llenado sus condiciones. Con esto explica Lonergan que ninguno de nosotros es necesario, pero una vez que se han dado las condiciones para que uno de nosotros aparezca, el valor de la dignidad humana está allí total, inde- pendiente, y para siempre.

La ética de la dignidad

Esta ética fundamenta los Derechos Humanos. Después de la II Guerra Mundial, cuando el mundo entero había caído en un desastre humanitario de 60 millones de personas masacradas, la inmensa mayoría civiles, y más de 5 millones de judíos asesinados en los campos de concentración, los dirigentes del mundo buscaron un punto de acuerdo para redactar la Declaración de los Derechos Humanos. Jacques Maritain, un filósofo católico, discípulo de Emma- nuel Mounier creador del Personalismo, participó en el grupo que buscaba ese punto de acuerdo. Maritain propuso entonces el punto de partida que aceptaron todas las religiones, todas las posiciones ideológicas y todas las culturas de las Naciones Unidas y así quedó en el Preámbulo de la Declaración: “el reconoci- miento de la dignidad intrínsecamente igual de todos los seres humanos como base de la libertad y de los derechos”.

La ética de la dignidad se construye en la toma de conciencia de cada perso- na sobre el valor de los demás y de si misma, y en la consistencia de la persona con la manera de vivir y de actuar que demanda ese valor absoluto. Surge esta ética en la llamada interior a ser sincero con nosotros mismos y con los demás. A ser coherentes con lo que los demás y nosotros, somos.

Es una ética en proceso, que nos lleva a crecer en libertad. Porque aun- que tenemos una voz interior (para usar la expresión del Vaticano II) que nos llama a que nuestras palabras y nuestras acciones correspondan con el sentir profundo que en el silencio del corazón, cada mujer y cada hombre tiene de la grandeza de sí mismo, nosotros no somos necesariamente consistentes. No- sotros somos libres. Nosotros podemos no ser consistentes, o dicho de otra manera nosotros somos consistentes si queremos. Nosotros, si queremos, po- demos hacer que nuestros actos correspondan a nuestro sentir más profundo. La consistencia con nosotros mismos es un acto de libertad. Por eso San Pablo se preguntaba: “por qué yo soy así, que sé lo que debo hacer y no lo hago, y sé lo que no debo hacer y lo hago” Y por experiencia sabemos que nos vamos haciendo cada vez más libres en la medida en que vamos haciendo, libremente, actos de consistencia. Y vamos volviéndonos cada vez menos libres si repetimos los actos de inconsistencia. Cada vez que decimos la verdad se nos hace más fácil decir la verdad la vez siguiente. Y cada vez que mentimos se nos hace más difícil llegar a decir la verdad.

El Concilio Vaticano II captó muy bien esta llamada interior a la consistencia con la dignidad en el número 16 de la declaración Gaudium et Spes:

“En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advir- tiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de ella. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo. La fidelidad a esta conciencia une a los cristia- nos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad. Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia, tanto mayor seguridad tienen las personas y las sociedades para apartarse del ciego capricho y para someterse a las normas objetivas de la moralidad. No rara vez, sin embargo, ocurre que yerra la conciencia por ignorancia invencible, sin que ello suponga la pérdida de su dignidad. Cosa que no puede afirmarse cuando el hombre se despreocupa de buscar la verdad y el bien y la conciencia se va progresivamente entenebreciendo por el hábito del pecado”.

 

La dignidad en la filosofía

La ética de la dignidad aparece en el pensamiento de Kant que ha marcado la orientación de la moral en los últimos siglos. De acuerdo con este pensamiento cada persona es un fin en sí y misma, y no puede ser utilizada como medio por otro. La persona puede ofrecerse libremente al servicio de una causa, pero nunca puede entregar su dignidad. Este mismo pensamiento, por las mismas razones del valor absoluto de la dignidad, reafirma la regla moral antigua de la humanidad: tratar a los demás como uno quiere que lo traten a uno mismo.

 

La dignidad en la tradición cristiana

En los Evangelios Jesús expresa la norma de comportarnos con los demás como queremos que ellos se comporten con nosotros, pero va mucho más allá. Para Jesús solamente hay un mandamiento: el amor. Y este amor es simultá- neamente amor a Dios sobre todas las cosas, amor a uno mismo como persona libre y responsable que descubre en sí mismo la maravilla como Dios le ha amado, y amor a los demás con el mismo amor con que se ama a Dios y a uno mismo. Pero Jesús dice más: pone como indicador de que en uno está siendo consistente con el verdadero amor a Dios y a la persona humana en la forma como uno trata a las hermanas y hermanos. “Cuando vayas a hacer la ofrenda a Dios en el altar y caes en la cuenta que tienes una deuda con tu hermano, deja a un lado la ofrenda, ve y reconcíliate con tu hermano, y luego regresa a pagar tributo a Dios”. Este interés de Jesús en hacer contrastar el deber con los hermanos con el culto a Dios, es muy significativo porque Jesús pone primero el respeto a los hermanos que el culto. Para Jesús el criterio del juicio final sobre la vida de cada uno de nosotros no es un criterio sobre nuestros deberes religiosos, sobre las prácticas del culto y sobre las limosnas al templo, no, el criterio es la forma como hayamos tratado a las hermanas y hermanos que encontramos en el camino de la vida. El mensaje es claro. El indicador de la autenticidad con el amor, está en poner primero, poner incluso primero que a Dios, al respeto que tenemos con nuestras hermanas y hermanos. Más aún poner en evidencia este respeto cuando la dignidad humana se da en bruto, sin elegancias ni reconoci- mientos, en los humillados de la tierra, en los despreciables, en los miserables. La saga de Jesús es esta afirmación de la dignidad humana como manifestación del misterio de Dios. Algunas teologías piensan que nosotros tenemos la dig- nidad porque Cristo nos ha redimido. Están equivocadas. Jesús dio la vida por nosotros porque éramos dignos. Lo que dice la historia de Jesús es que él se en- tregó por nosotros para que nosotros cayéramos en la cuenta de nuestra propia dignidad; es decir que El fue hasta la muerte para que nosotros comprendié- ramos el valor de cada uno de nosotros: hijos o hijas de Dios, imagen de Dios vivo. Para que empezáramos por afirmarlo en los proscritos y los excluidos para que nadie quedara por fuera. Ese es Jesús lavando los pies de sus discípulos e invitándonos a todos a lavarnos los pies unos a otros.

 

El Estado

Desde la perspectiva de la dignidad, el Estado tiene un papel muy impor- tante. Arriba dijimos que el Estado no nos da la dignidad. El sentido del Estado aparece cuando los ciudadanos ven la necesidad de construir una estructura institucional que proteja por igual la dignidad de todos y de todas y cree las condiciones para que el pueblo pueda disfrutar, expresar y compartir, de la manera que escoja, la grandeza de la vida que ha querido. Esa es la estructura institucional que se establece para garantizar equitativamente la dignidad y que el pueblo formula en la Constitución de Colombia, o de cualquier nación, o recoge en un cuerpo de principios institucionalizados que vienen de las tradi- ciones como ocurre en Inglaterra. Ese conjunto de instituciones no pueden ser los sindicatos, ni los partidos políticos, ni las iglesias, porque ellas se organizan para cuidar de sus afiliados; pero el Estado lo creamos para garantizar a todas y a todos, por igual, las condiciones para poder vivir la dignidad que poseemos independientemente de la fe religiosa, las posiciones ideológicas, las teorías fi- losóficas o las opciones políticas. Por eso, si bien los ciudadanos, al constituir el Estado, pueden acordar sobre normas que están por encima de las voluntades individuales en asuntos como la propiedad de la tierra (que tiene una función social) y el cuidado del medio ambiente (que es una obligación de todos), los puntos que tocan la dignidad no pueden someterse a la razón de Estado, sino al contrario, el Estado está obligado a subordinarse a ellos. Tal es el caso de la prioridad de la vida de los secuestrados y del acuerdo humanitario. El Estado no puede alegar “razones de Estado” para imponer el rescate militar de las víctimas a riesgo de la dignidad de la vida humana.

 

Exclusión y el diálogo

Después del atentado terrorista contra las torres gemelas del 11 de sep- tiembre, el mundo, empujado por Estados Unidos, se polarizó en exclusiones mutuas. El presidente Bush estableció que el mundo era una amenaza para los Estados Unidos y sus aliados. En todas partes, y particularmente en Colombia, todos quedamos metidos en una tenaza entre amenazas terroristas y medidas antiterroristas. Esta tenaza ha cerrado el espacio para poder ejercer con libertad la expresión diversa de nuestra dignidad y nos obliga a buscar con creatividad la forma de salirnos de la tenaza.

El camino para salirnos de esta tenaza es la afirmación de los derechos hu- manos, de la seguridad humana, de la dignidad humana. Este camino conduce inmediatamente a evitar la exclusión y a buscar el diálogo.

La exclusión de los demás puede llegar hasta la guerra. La guerra es excluir al otro de la vida. Es la negación radical de la posibilidad de dignidad en el otro. Es la exclusión llevada al límite dramático de la tipificación del otro como ene- migo. Desde ahí se elabora la ética de la guerra: “Le niego totalmente el derecho a ser persona. Ud. es un peligro para mi pueblo y como tal yo no le reconozco nada. Tengo que eliminarlo por la salvación de mi pueblo, de mi causa. Estoy tan convencido de que usted es un peligro que debe ser desaparecido que estoy dispuesto a que me maten con tal de que usted muera”.

 

Diálogo

La guerra termina cuando empieza el diálogo entre personas que se reco- nocen en dignidad. Las conversaciones que muchas veces hemos tenido con guerrilleros y paramilitares en el Magdalena Medio comienzan siempre con este reconocimiento que se expresa en términos que abren el intercambio: “Noso- tros, ciudadanos, que no estamos en la guerra, aceptamos que ustedes están obrando en conciencia, es decir, nosotros pensamos que ustedes están hacien- do lo que hacen porque creen que eso es lo mejor que pueden hacer por Colom- bia. Les pedimos que acepten que nosotros estamos haciendo lo que hacemos porque creemos que es lo mejor que podemos hacer por nuestro pueblo”.

A partir de este reconocimiento mutuo se inicia el diálogo que es todo el tiempo un esfuerzo fuerte, franco, sincero, por exigirnos los unos y los otros, consistencia con nuestra dignidad humana. Allí nosotros preguntamos “¿Cómo es posible que ustedes obren en coherencia cuando, como Ejército de Libera- ción que lucha por la libertad de todos, mantienen a centenares de personas en secuestro?”. “¿Cómo es posible que ustedes FARC, luchen por los campesinos y hayan minado las tierras de los habitantes del campo y dejado decenas de niños mutilados por las minas quiebrapatas?”.

Y allí nosotros tenemos que responder a las exigencias de consistencia que ellos nos hacen: “¿Cómo es posible que ustedes, Jesuitas, que se supone luchan por la justicia, hayan educado a la clase dirigente colombiana que ha producido tanta injusticia?”. ¿Cómo es posible que ustedes trabajen con un gobierno que tiene tantos aliados políticos que han terminado por ser paramilitares y ma- fiosos?”. El diálogo se construye así, sobre la llamada seria a la coherencia. En ningún momento es una legitimación de los errores del otro, ni un apoyo al in- terlocutor. Allí se pone en evidencia que todos, por acción o por omisión, somos responsables, a diversos niveles, de la realidad que vivimos en Colombia.

 

¿Desarrollar la Dignidad?

La dignidad no puede crecer, no se desarrolla, no aumenta. Lo que hace- mos es desarrollar las capacidades y condiciones para que los seres humanos puedan proteger, expresar, compartir y vivir la dignidad, de la manera como ellos y ellas quieran vivirla. Lo primero que uno se encuentra al trabajar con las comunidades campesinas es la gran diversidad como las comunidades vi- ven su dignidad cuando tienen las condiciones para hacerlo. Por ejemplo, los Guanbianos de Silvia, Cauca, con sus costumbres en el vestir, en el comer, en la construcción de sus casas, en las formas de cultivar la tierra y de organizar su vida pública, expresan orgullosamente su dignidad y su herencia. Es un pueblo que ha tenido el coraje de ser él mismo y hacerlo con eficiencia y calidad.

El desarrollo para mejorar las capacidades para vivir la dignidad tiene por eso, tres elementos, que no es del caso analizar en esta conversación pero que requieren ser ampliados cuidadosamente. El primer elemento son las tradicio- nes espirituales y culturales, unidas al territorio y la naturaleza. Este primer ele- mento es indispensable para identificar de qué manera un pueblo quiere vivir su dignidad. El segundo elemento es la participación de todas y de todos en la producción de la vida que se quiere vivir. Este segundo elemento es la economía que genera el bienestar de todos y de todas. El tercer elemento es la organización de las responsabilidades y del poder en la comunidad, con acuerdos y pactos para conducir a la sociedad hacia el bien común querido. Este tercer elemento es la política. Los tres elementos del desarrollo buscan crear las condiciones para vivir la dignidad de la manera como un pueblo quiere hacerlo.

 

Diálogo entre todos los participantes:

Muhammad Yunus, Economista que obtuvo el Premio Nobel de la Paz en 2006 “por sus esfuerzos para crear desarrollo económico y social desde abajo”, proponía una bella imagen en la que comparaba un roble de la selva con un roble bonsái. Ambos tienen la misma naturaleza, pero al bonsái no se la dejaron desplegar. El “ser roble” no es algo distinto para uno y otro árbol, pero el bonsái no tuvo condiciones para desarrollar su arboreidad, su razón de ser propia.

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