El Centro opina

Después de Medellín

Octubre 04

Por: Javier Darío Restrepo 

Medellín, 26 de septiembre 2018

Se cumplió durante estos años la sentencia desconcertante para muchos de que los humanos y sus sociedades aprenden más de los errores que de los aciertos. La Iglesia demostró su capacidad para aprender de sus errores, que los cometió, pero los convirtió en aprendizaje.

A este hecho se debe agregar la comprobación de que a la historia la atraviesa, como un hilo conductor, una continuidad que relaciona unos períodos con otros, unos procesos que complementan los anteriores corrigiéndolos y superándolos. Es una continuidad que mantiene sin interrupción ideas, protagonistas o la dinámica de los hechos. Es lo que aparece a medida que se responde la pregunta: ¿qué pasó después de Medellín? La que compartiré con ustedes es la mirada de un periodista que informó sobre la Asamblea Episcopal de Medellín y siguió indagando sobre el tema.

Así, para hablar de lo que pasó después de Medellín hay que mirar lo que había antes y se encuentra uno el postconcilio, pero el concilio, a su vez, no apareció de repente y como una improvisación. Los cardenales que creyeron loco a Juan XXIII cuando habló por primera vez de un concilio, habían dejado de ver y oír al Espíritu Santo que, primero, con un silencioso batir de alas y luego con un soplo como de huracán se movía dentro de la Iglesia.

Los años del concilio continuaron y potenciaron ese movimiento del espíritu que luego se manifestó en el postconcilio con gestos y novedades que los periodistas recogimos como perlas, y cuyo valor no siempre identificamos.

Refiriéndome a esa década de los 60 publiqué en mi columna de El Tiempo en febrero de 1970 una que titulé 10 años de primavera, en la que destaqué el lenguaje desclericalizado que se había comenzado a oír. Leer en las encíclicas papales citas de Marcuse, de Maritain o de Perroux; o en los teólogos expresiones marxistas, o de los existencialistas o de la fenomenología, era una novedad significativa que contrastaba con aquellos documentos empedrados de citas de los santos padres, de los exégetas y, por supuesto, de los pontífices predecesores, o de viejos concilios.

Pero más llamativo fue el hecho de las cuatro grandes encíclicas recientes: tres de ellas habían estado dedicadas a los temas sociales: Pacem in Terris, Mater et Magistra y Populorum Progressio. Se habían necesitado 50 años para que se produjeran dos encíclicas sociales y en solo diez Juan XXIII y Pablo VI habían producido tres.

Parecían detalles de estadístico ocioso, pero de una densidad luminosa que en los protocolos de la Iglesia se hubiera incluido, como ocurrió entonces, dirigirse en sus documentos públicos y doctrinales, a los hombres de buena voluntad, donde antes solo contaban los fieles.

Con glotonería informativa destacamos en la prensa aquella Navidad en la que Pablo VI celebró la misa en uno de los barrios pobres de Roma, seguimos al cardenal Monty bajo los puentes de París, rodeado de drogadictos, prostitutas, delincuentes, mendigos y expresidiarios; nos enteramos  y difundimos la decisión del cardenal Landázuri de irse a vivir en un barrio pobre de Lima,  y le pusimos bocina a la actuación del Obispo de Volta Redonda en Brasil cuando se presentó a las autoridades para pedirles que lo pusiera preso a él también, para unirse a los sacerdotes encarcelados bajo la acusación, del régimen militar, de propiciar la subversión.

Sumamos estos y otros episodios y encontramos que no eran hechos aislados, sino expresiones de que algo estaba cambiando en el modo de ser y de obrar de la Iglesia en el mundo.

Los aires palaciegos y monárquicos que le habían quedado como marcas después de Constantino, habían comenzado a desaparecer. No eran solo gestos espectaculares cercanos a lo demagógico. En esa década de los 70 comenzó un desmantelamiento de los poderes que durante siglos se habían acumulado en la curia romana, y el esquema Papa-Curia- Obispos entró en un proceso de cambio hacia otro que lo corregía así: Papa-Obispos-Curia.

Comenzaron a desaparecer los escandalosos signos cortesanos y las pompas imperiales: la tiara o triple corona, los flabelos que rodeaban el trono papal llevado en andas por un cortejo de nobles y con todo eso se iniciaba el ocaso de la figura del Papa Rey y de la Iglesia Poder y con expresión acuñada por Pablo VI se proclamaba a la Iglesia como sirvienta de la humanidad. En adelante se verían cada vez más exóticos y extravagantes los aires principescos de cardenales y obispos.

El sínodo convocado por el Papa para finales de 1969 reunió en Roma a 146 delegados de los episcopados del mundo y fue una contundente visibilización de la doctrina conciliar de la colegialidad episcopal. En las agendas el objetivo se enunció de modo simple y, al parecer, de corto alcance, las relaciones de las Conferencias con el Papa y de las Conferencias entre sí. Había otros temas, al parecer, de mayor envergadura: el celibato, la Humanae Vitae, la política y la Iglesia; pero había un fondo poco visible en la propuesta de resolver si la Iglesia seguiría atada a ese sistema que la hacía actuar y parecer como si fuera una monarquía, con Papa Rey y su respectiva corte real, o si debería romper con sus resabios monárquicos y asumir los riesgos de la vida comunitaria despojada de poder.

De hecho, en ese sínodo desde las primeras sesiones se hizo evidente la existencia de dos tendencias. En una, prevalecía la visión canónica de la Iglesia “sociedad perfecta” en la que las iglesias locales aparecían subordinadas al poder de una Iglesia universal. Era una visión centralizadora, legalista, inconmovible y burocrática que dejaba a las iglesias locales con la sola función de departamentos administrativos y a los obispos como delegados y ejecutores de un poder central. Cualquier movimiento descentralizador era mirado como una tentativa cismática. Ese temor había tomado cuerpo hacía poco con las reacciones que había producido la Humanae Vitae, o la aparición del catecismo holandés, o de las modernas escuelas de teología, episodios mirados como una revuelta contra los teólogos romanos. Según los curiales se trataba de un problema de autoridad y disciplina para someterse a las normas.

No miraban así las cosas los que en aquel sínodo le daban menos importancia a los cánones y más al evangelio. Algún obispo misionero colombiano cuenta en sus memorias que una de sus primeras acciones, recién consagrado obispo y llegado a su misión, fue arrojar el código de derecho canónico al río. Es el mismo espíritu de aquellos que en el sínodo alegaron que sus divergencias no eran por desobediencia a las normas, sino por un sentido de comunidad. La comunidad, dijeron, comienza en las iglesias particulares, más aún, en las comunidades eclesiales de base de modo que enlazadas estas iglesias de base a la unión con la iglesia de Roma y el Papa debían formar un solo rebaño y un solo pastor.

Esta es la idea que late, como un corazón, en instituciones como el Celam que comunica a las iglesias de América Latina, lo mismo pasa en el simposio de obispos europeos, en la Unión de iglesias africanas, o simposio episcopal panafricano. Son instituciones que no se han entretenido con discusiones administrativas o con asuntos jurídicos, sino con reflexiones alrededor del evangelio. Desde aquellos años ya se trabajaba en las reformas que hoy adelanta el papa Francisco. Mientras tanto, ¿qué pasaba con lo ocurrido en la Asamblea de Medellín?

El que acabamos de ver es el marco histórico en que se desarrolló ese período post Medellín, en el que la prensa registró los conflictos entre la Iglesia y el gobierno militar de Brasil; tensiones sociales y enfrentamientos entre clero y obispos en Argentina; algo parecido sucedía en Perú, Paraguay,

Ecuador, Chile y Colombia. ¿Efectos de Medellín? La respuesta la busqué al entrevistar a monseñor Eduardo Pironio, nombrado secretario general del Celam poco antes de la Asamblea y, como tal, participaría en el sínodo del 69.

Refiriéndose a esos hechos de los 70, dijo: “son ´producto del momento que vivimos, de rápida transformación y cambio. Y se dan en todos los órdenes. Es una profundización de las exigencias centrales del compromiso evangélico, que tiende a manifestar aún más las tensiones.

También me señaló como resultado más importante de Medellín, que ha entrado en la Iglesia de América Latina un espíritu nuevo. Y agregó: yo definiría ese nuevo espíritu con tres momentos: insatisfacción, purificación y recreación.

Y entre los resultados más positivos de Medellín, enumeró: primero yo pondría este esfuerzo por superar el dualismo entre Iglesia y mundo; entre fe y vida; entre naturaleza y gracia; entre evangelización y promoción humana; entre construcción del reino y edificación de la ciudad terrena.

Cuando más adelante le pregunté sobre la reforma más urgente, dijo: “señalaría tres esenciales:

  1. El problema de la justicia ligado con el de la paz en el continente;
  2. El problema de la evangelización combinado con el de la promoción humana;
  3. El problema de la pobreza en la Iglesia, que exige un estudio más hondo sobre el sentido y las formas de la pobreza y una revisión de ciertas actitudes e instituciones en la Iglesia.

Cuando en la Asamblea episcopal de Santo Domingo cundió el desconcierto por el cambio de la metodología del Ver, Juzgar y Obrar, el ritmo de los trabajos se recuperó cuando la marca Medellín, de la opción preferencial por los pobres, impuso su dinamismo. Pasó algo parecido dentro de la confusión que creó el ominoso silencio sobre la teología de la liberación. La opción por los pobres resultó ser más convincente que cualquier apariencia de desvío hacia lo marxista.

Al entrevistarlos encontré que los sacerdotes de Golconda, obstinadamente acusados de marxistas, habían encontrado el punto de equilibrio en esa opción, dominante en su visión de la pastoral. Y aún en el episcopado colombiano, señalado como conservador y distante del entusiasmo de las otras conferencias por las conclusiones de Medellín, creí encontrar cambios como los que alarmaron al fiscal Gustavo de Greiff cuando denunció la existencia de los que llamó los obispos estafetas.

Contra toda previsión en ese momento había obispos en diálogo con la guerrilla, no por razones políticas sino por apremios pastorales y humanitarios: tenían entre manos la liberación de policías y soldados en poder de la guerrilla. Después se convertirían en mediadores de las conversaciones de paz y en contradictores de las políticas económicas del gobierno que hacían más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. En esos años, después de Medellín la Iglesia en Colombia hizo un recorrido que nos hizo pensar a los periodistas en coincidencias con el grupo Golconda, lo cual sonó a despropósito, pero nos reafirmaba la coincidencia en la opción preferencial por los pobres.

En esos años comenzó la dispersión de este grupo sacerdotal; hecho que me hizo pensar en los requerimientos internos que demandaba ese ambiente de cambio. El padre Fernán González, en el prólogo a mi libro sobre La Revolución de las sotanas, me confirmó en mi hipótesis. Explicó él que en la disolución de este grupo tuvieron que ver: 1.- las discusiones internas; 2.- La falta de un pensamiento estructurado y de un acercamiento más complejo a la realidad social y política y 3.- La desaparición del obispo Gerardo Valencia, que cohesionaba al grupo.

Buena parte del post-Medellín se tuvo que invertir en resolver los conflictos que plantearon los que se resistían al cambio y los que quisieron hacerlo de una vez y sin esperas. No bastaba difundir el documento episcopal, había que entenderlo y aplicarlo, fue una elemental y al parecer obvia comprobación.

Visto lo que pasaba en el interior de la Iglesia, no era fácil de entender para quien miraba desde afuera.

El presidente Lleras Restrepo lo tomó con alarma. El sintió que teorías subversivas y prédicas peligrosas para el orden público se estaban tomando las iglesias. Su primo el expresidente Alberto Lleras Camargo lo tomó con sarcasmo, sin entenderlo: “los padrecitos creen que solo la revolución en la tierra tiene atractivo para conducir a los jóvenes y a los pobres al reino de Cristo”, escribió. Ya había dado su explicación. Según él los cambios se debían a “fallas en la educación política y económica en los seminarios”.

Incomprendida desde afuera, con temores y rechazos desde dentro, la Iglesia latinoamericana se ha mantenido en un proceso de cambio, guiada por su opción preferencial por los pobres, sin que se hayan producido hechos espectaculares. Es un cambio que sigue el mismo ritmo de las semillas, de la sal y de la levadura. Como ellas, Medellín sigue transformando en silencio la historia.  

*Este texto fue leído por el periodista Javier Darío Restrepo en su intervención durante el Seminario "Mociones e Interpelaciones del Celam 68".

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