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Iglesia y conflicto armado

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Por Rubén Darío Jaramillo Cardona

Tanto el Estado como la Iglesia Católica –en tanto institución social- han sido organizaciones articuladoras del proceso político colombiano, pues mediante diferentes conductas y mecanismos, en cada momento de nuestra historia, han jugado un rol fundamental en la construcción de país, con todos los defectos y virtudes que las clases políticas y los líderes religiosos han adquirido en la cultura, permeados por la naturaleza de los conflictos que han abordado.

 

Describir el papel que ha jugado la Iglesia desde la guerra de independencia hasta nuestros días, pasa por un recorrido muy rápido de acontecimientos, que muestran a un porcentaje del clero en favor de Fernando Séptimo y de la monarquía española, hasta curas apoyando el proceso de independencia política. Indican períodos diferentes para caracterizar como aquel de sacerdotes ilustrados e influenciados por la revolución francesa que en 1823 en un treinta por ciento estaban vinculados a asambleas y cargos de elección popular y apoyarían más tarde los cambios en la política de Educación Pública del Presidente Francisco de Paula Santander, hasta la separación Iglesia- Estado en 1.853 que trajo nuevos conflictos con los gobernantes de turno.

 

Una Iglesia identificada con la romanización del catolicismo que en la guerra de los mil días está aliada con el conservatismo y los ganadores y que en pleno siglo XX hace parte de la discriminación y el sectarismo desde el púlpito, alimentando la división liberal-conservadora en sus fieles.

 

Una Iglesia que igualmente se acercó y ha participado de la influencia del pensamiento social contemporáneo, del diálogo con el marxismo, que lentamente asumió en el siglo pasado y en éste un compromiso social mucho más perfilado, -construyendo teología propia- siendo protagonista en temas como vivienda, educación de la niñez, en la defensa de los derechos humanos y ante todo en las luchas por la paz y la negociación política del conflicto armado, aun  contra políticas estatales como la de Seguridad Nacional y con matices la de Seguridad Democrática, que han alineado a laicos y sacerdotes en experiencias por resaltar.

 

Incluso una iglesia que tiene mártires en Colombia, que han sido asesinados bien por ser miembros definidos de la lucha armada guerrillera o del ejército nacional o todo lo contrario, por ser críticos de ésta y de los gobernantes ya que las posturas de centro han sido perseguidas en nuestro país.

 

Una Iglesia que desde la Doctrina Social Católica ha enfrentado los debates del desarrollo humano y hoy tiene miembros que saben evaluar políticas públicas, pero que aún no mantiene suficiente distancia del régimen político de turno y que ve con desconfianza la pérdida de su monolítica influencia, ante los derechos consagrados y las prácticas sociales nuevas relacionadas con la libertad de cultos y la libertad de cátedra.

 

Para los creyentes, la Paz y la reconciliación, tienen que ser prioridad, siendo referentes para el compromiso político de los laicos. Hoy, debemos avanzar en la paz territorial o de las regiones, en el debate sobre las políticas agrarias y el empleo rural, para ser acordes a las exigencias del tiempo que asumimos. El liderazgo eclesial lleno de dudas, en un momento crítico como el de hoy, reclama iniciativas preñadas de solidaridad y eficacia y de fidelidad al evangelio, que por lo tanto, ven en el otro, no sólo a un sujeto de derechos portador de una dignidad como persona, sino a una ser que es imagen y semejanza de Dios mismo.