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Por un liderazgo moral

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Por Francisco de Roux.
Artículo publicado en El Tiempo el 16 de junio de 2016

Pienso con Fernán González* que el nuestro no es un Estado fallido ni un Estado rehén. Sin embargo, internacionalmente Colombia es considerada una sociedad en crisis humanitaria, pues, aunque ha crecido en la conciencia de derechos humanos, en capacidad de diálogo, como lo muestran La Habana y la solución dialogada de los recientes paros, y tiene fortaleza institucional para convocar en Medellín al capítulo latinoamericano del Consejo Económico Mundial, al mismo tiempo encara el dolor de ocho millones de víctimas, aguanta los secuestros absurdos del Eln, no encuentra aún signos convincentes para confiar en las Farc y sigue viendo morir a líderes que defienden a las comunidades y la tierra mientras sufre la división política radical en torno a los caminos para superar la crisis.

De tal manera que, no obstante todos los esfuerzos, Colombia es la única nación americana –la única de la Copa América– en crisis humanitaria. Pues Venezuela y Haití, cuyos dramas distintos son inaceptables, no son crisis humanitarias, pues no conocen la violencia de desplazamientos, masacres, desapariciones, minas antipersonas, ‘falsos positivos’, secuestros; y, sobre todo, no tienen la combinación a gran escala de corrupción política, cocaína, minería criminal, guerrilla, paramilitares, complicidades de miembros de la fuerzas de seguridad y bandas criminales.

Colombia ha mostrado que para que ocurra una crisis humanitaria no se necesitan el 'apartheid', ni el Estado Islámico que golpea a la distancia, ni el odio entre religiones, ni el desorden que dejaron los imperios ni las migraciones desesperadas. Porque aquí se da la crisis de ruptura del ser humano en medio de la misma tradición religiosa, el mestizaje y la fascinación colectiva por las diversas expresiones culturales, en un país con las condiciones naturales y económicas para hacer florecer la vida con dignidad de toda su población.

Las crisis humanitarias son los ‘Bronx’ del mundo, donde la sociedad, no obstante sus esfuerzos y logros organizacionales, no acaba de emerger sola de la vorágine de destrucción de una parte significativa de su gente. Sobre estas crisis recae la atención internacional por la conciencia mundial de que no pueden dejarse pasar sin que el valor del ser humano quede gravemente afectado. Por eso el apoyo del papa Francisco al proceso de paz, el compromiso de los países garantes y de la diplomacia mundial y la respuesta unánime del Consejo de Seguridad de la ONU para crear la comisión de acompañamiento para el final del conflicto con las Farc, como parte de una solución cuya totalidad es mucho más compleja.

En los distintos casos de superación de crisis humanitarias en el mundo ha habido un componente de liderazgo espiritual que logra la unión por encima de la irracionalidad y las rupturas, y que en Colombia es posible desde sus raíces cristianas y católicas. Un liderazgo orientador que recoja las oportunidades favorables que hoy se dan en la sociedad y las instituciones para una orientación decidida hacia la reconciliación.

Un liderazgo espiritual que no busque el poder político, ni el prestigio de grupo, ni la autoprotección de sus miembros. Un liderazgo generoso al lado de las víctimas, que reciba el dolor, la rabia y las inseguridades de todos los lados y que se juegue a fondo para dar seguridad moral, aunque no tenga todas las respuestas. Un liderazgo desinteresado que, con razones y con audacia, libere del miedo y conduzca decididamente hacia la paz, aunque muchos sigan lanzando incertidumbres. En fin, un liderazgo que nos muestre el verdadero rostro de Dios e inspire en creyentes y no creyentes la pasión colectiva que nos rescate a todos y todas como seres humanos.

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* Fernán González G., ‘Poder y violencia en Colombia’, Odecofi-Cinep, 2014