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Responsabilidad ciudadana

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Por Francisco de Roux

Artículo publicado en el diario El Tiempo el 30 de abril de 2015
No hay en español una palabra que signifique a la vez que uno reconoce el mal hecho a otros y la responsabilidad por sus efectos, pero también que solicita el perdón y se muestra dispuesto a reparar el mal causado. En cambio, la expresión inglesa apology (Nicholas Tavuchis, A Sociology of Apology and Reconciliation) recoge estos múltiples sentidos. Nosotros necesitamos varias palabras para expresarlo, pero lo importante es el acto por el que uno expresa la responsabilidad por el mal y la disponibilidad de repararlo.

Hacer este acto nos hace sujetos en una comunidad de ciudadanos. Es un acto previo a las consideraciones legales, a los acuerdos de paz y a la discusión política democrática sobre sistemas sociales y económicos. Realizarlo pone en marcha una dinámica moral y espiritual vinculante con el sentido de pertenencia a una sociedad, donde se es miembro porque se comparten valores como el respeto por la vida, la dignidad de las personas, la inclusión y la equidad, la verdad, la no corrupción, la justicia, etc. Este sentido de pertenencia es expresado, en palabras de Benedict Anderson, en la definición de nación como comunidad imaginada de sentido y compatriotidad, con una historia y un proyecto común de futuro y un conjunto compartido de tareas presentes.

Este acto noble es difícil para las personas individuales, pero lo es más para los grupos sociales militares o políticos, porque él expresa que no hay excusas, ni justificación por la acción que ha violado los códigos que unen a la sociedad en su base; y es aceptación de la autoría concreta de hechos violentos, inmerecidos por los dolientes, que conlleva la conciencia de haber afectado desarrollos posibles que fueron frustrados por esos hechos desafortunados.

Este es el acto refundante, que permite a todos volver a asumirnos como parte de una tarea común, que no evade responsabilidades ante estudios históricos que ciertamente son necesarios para comprender la formación de la identidad de la sociedad y sus dinámicas. Es un acto que niega el principio de que el fin justifica los medios cuando estos rompen con el código de honor compartido que nos hace comunidad.

El problema grave es que no fuimos educados para hacer este acto. Nunca aprendimos el valor moral de aceptar la responsabilidad por el mal causado y expresar la disposición para ser reacogidos en los vinculantes morales que nos permiten construirnos como sociedad. Lo que se nos enseñó fue que aceptar responsabilidad era dar papaya. Que había que señalar a otros como culpables. Que la mejor defensa era atacar primero. Aprendimos así a destruir el fundamento de la sociedad de seres humanos que cometen errores, y nos quedamos con instituciones de leyes y aparatos de justicia y ejércitos e insurgencias sin piso moral porque no se consideran responsables.

En la Biblia, la aceptación humilde de la responsabilidad sobre las acciones malas es condición para tener la experiencia del Dios de Jesucristo, que nos reconcilia consigo desde el fondo de nosotros mismos y nos une en la verdad de una comunidad de hermanos y hermanas perdonados.

Este es el acto que la sociedad espera de las Farc después de los hechos del Cauca. Que espera del Eln, al que quiere ya en diálogo para terminar la guerra y entrar a construir el país desde valores compartidos. Es un acto que se espera también del Ejército y de presidentes, alcaldes, Congreso, jueces, Iglesia, universidades, sindicatos, prensa, radio y televisión... Todos implicados de diversas maneras, por acción u omisión, en esta historia que llevó a la crisis espiritual de nuestra sociedad. ¿Quién tendrá la grandeza de dar el primer paso y abrir el camino para que todos aceptemos que somos responsables?